Qué manía mía esa de intentar hacer crecer el jardín sin instruirme. Yo voy, compro alguna planta que tengo metida en la cabeza y la observo todos los días para ver si reacciona a lo que yo creo que hago bien. Quizás debería informarme y seguir unas pautas, pero digamos que soy una jardinera autodidactamente cabezona. Aunque gracias a mi falta de instrucción por un lado y a esta faceta nada ortodoxa con la flora por otro, cada día descubro cosas que no sabía hasta ahora y que vienen a ser otra manera de "cultivarse".
Gracias al método prueba-error voy conociendo a las habitantes de mi terraza poco a poco. Es curioso porque con cada una descubro que también entre las plantas existen distintas... ¿cómo decirlo? "personalidades". Entre todos y todas forman una comunidad variopinta con vidilla para dar y tomar.
Diría que el perejil es el vecino hippie, tal vez de esos a quienes no les importa su aspecto, saludable porque tiene suerte no porque se cuide, amigo de todo el mundo y que convive fácilmente incluso con los más pretensiosos. El tomillo viene a ser ese habitante amable, ni simpatiquísimo ni áspero, que pasa desapercibido sea cual sea la circunstancia. Mucho más pretensiosa es la lavanda, siempre intentando destacar, pendiente de su apariencia, atrae la atención a base de cambios de humor profundos, a veces al borde del colapso. El romero, muy fuerte él, un poco rudo aunque menos galante, vive solo porque es de difícil adaptabilidad. La menta, algo más esplendorosa, despliega sus encantos siempre que puede y tiene carisma, pero necesita cariño permantente para que su ánimo no decaiga. La tomatera, sin embargo, aunque de aspecto poco agraciado, ofrece mucho a cambio de muy poco, lo que la convierte en la vecina más generosa y sencilla de toda la comunidad, seguida de cerca por el limonero que aún no se anima a repartir a troche y moche porque se acaba de instalar y primero necesita entrar en confianza.
En fin, todo un mundo. Todo un mundo que se va a tomar viento fresco cuando me voy dos días y dejo a cargo de la archicomplicadísima tarea del riego a MaiLof... Sí, el mismo que rebosa virtudes, ése a quien el señor no bendijo con el don de la jardinería ni la botánica, se las cargó a casi toditas con sólo un fin de semana de indiferencia. Díganme si la vida no es injusta.... para las pobres plantas sobre todo.
(les quedo a deber una foto de mi terraza y sus moradores que por pura penita no les incluyo ahora... el paisaje es desoladooooor).
miércoles, 19 de junio de 2013
La indiferencia mata
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Mariana
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personal,
plantas
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martes, 4 de junio de 2013
Bricolaje de primera por consanguinidad
Para inspirarse y encontrar cosas lindas con la que decorar, una siempre mira blogs, revistas o recoge consejos o ideas de las amigas. Después, se va a Ikea o a cualquier otro sitio donde comprar todas esas cosas maravillosas y se las trae puestas o listas para desplegar sus encantos en el mejor lugar de la casa. Bahhh... demasiado simple... Así no tiene gracia.
Yo recientemente, paseando cerca de casa, me encontré un palet desamparado que alguien había abandonado en una esquina y decidí darle un hogar. El mío. Durante días estuvo en un rincón a la espera de inspiración y, poco a poco, poniendo a prueba su utilidad y jugándose la permanencia, fue pasando por diversas fases y funciones: puf rustiquísimo, somier de láminas para perritas felices, base artesana para composición de macetas, etc...
Al cabo de unos días, inspirada en genialidades de otras personas, decidí convertirlo en mesa de salón (de esas que las argentinas llamamos "ratona"). Pero debo decir que eso de "decidí" no llevaba implícita la ejecución bricolagística, por tanto en consecuencia presenté, con gran entusiasmo, la idea a mi adorado padre que siempre (absolutamente siempre) encuentra la manera de materializar mis deseos decoratorios (y muchos otros más) ;-), y rápidamente maquinó el diseño completo.
Después de semejante creación no podía dejar de dedicarle esta entrada, así que acá pueden ver el proceso y el resultado.
¿Qué tal? ... Y después él se ríe cuando le digo que es una mezcla al 50% de Felipe González y Harrison Ford... ya quisieran ambos tener estas habilidades manuales y encima ese porte...
Si alguien pidiera una mesa según sus deseos, se pediría ésta... y si diseñara un padre a medida, también sería éste. Miren que suerte tengo que yo tengo los dos.
Para compensar el esfuerzo y agradecer el entusiasmo después nos fuimos de paseo y nos tomamos cafés y tartitas en este sitio tan lindo.
Publicado por
Mariana
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decoración,
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miércoles, 22 de mayo de 2013
La entrevista
Todo parecía estudiado, como en una serie de policías en la que se prepara el escenario para que los intérpretes se muevan en el ambiente con toda comodidad. Entrada típica de gran organización donde todo debe parecer controlado: garita con seguridad, barrera, solicitud de identificación y semáforo de alto. Una vez dentro, el recorrido era lo suficientemente largo como para dar tiempo a pensar de qué modo hacer la introducción. En la recepción, una chica uniformada como llegada del futuro o de algún sitio donde se aprende a sonreir perfectamente, le solicitó nuevamente la documentación. Después del segundo filtro y una tarjeta identificativa para la solapa, una mano y una sonrisa amable se extendieron delante suyo para recibirla. La mano era conocida, el lugar no.
La primera puerta de cristal dejó paso a un hall alargado en el que se sucedían los grupos de dos o tres personas charlando de pie mientras tomaban café de manera entre profesional e informal. A través de los cristales entraba más luz de la que cabría por cualquier ventana convencional. Los pasillos interminables flanqueados de paredes transparentes dejaban al descubierto, a ambos lados, regimientos de trabajadores ensimismados en váyase a saber qué tipo de variadas tareas, los cuales a pesar de moverse como peces en el agua, daban la impresión de seguir una cadena de acciones previamente diseñadas para aparentar profesionalidad.
El interrogatorio, poco cálido, dejó traslucir cierta falta de experiencia en el trato con personas en quienes preguntaban. Ni un gesto en ellos, ni una palabra suya permitieron que ella sospechara si sería la persona que buscaban. El esfuerzo de los interrogadores por atravesarle la frente para llegarle al consciente y adivinar su pensamiento no fructificó. Las preguntas no eran lo suficientemente hábiles como para desvelar una reflexión sincera sino que apelaban al constante automatismo de la respuesta predecible que el interlocutor prefiere oir en lugar de la verdad.
Sólo al final, cuando la cadena de automatismos se quebró, logró por un segundo sentirse algo más afín con el entorno, cuando una de ellas, en un gesto de acercamiento mucho más personal, se dirigió a ella por su nombre y le dijo: Yo prefiero que te quedes tú.
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